jueves, 27 de septiembre de 2007

Contra Stiglitz

Los gurús de la economía, como Joe Stiglitz también tienen sus detractores. El Premio Nobel de Economía es conocido por su activismo en contra de la globalización realmente existente. Sus puntos de vista se recogen en dos obras recientes que han resultado auténticos éxitos de ventas: "El malestar en la Globalización" y "Cómo hacer que funcione la Globalización". Personalmente, sólo he leído la última y me pareció correcta. Su principal virtud reside, bajo mi punto de vista, en hacer hincapié en aquellas cosas que no funcionan en la economía mundial. Es posible que muchas de las soluciones que propone Stiglitz sean bastante discutibles, pero allí están. También es cierto que, según algunos economistas, lo que denuncia y propone Stiglitz no es más que conventional wisdom. No obstante, hay que tener en cuenta que se trata de un libro combativo y dirigido al gran público. Por lo tanto, estas dos obras deberían ser juzgadas en este sentido y no como literatura académica.
Hecha esta salvedad, aquí os dejo una crítica al trabajo y la persona de Stiglitz realizada por el profesor de Harvard y antiguo Consejero Económico y Director de Investigación del FMI, Kenneth Rogoff.

martes, 11 de septiembre de 2007

"Cold Steel"

A continuación voy a incluir un comentario que realicé sobre un artículo de The Economist que trata sobre la política comercial estadounidense. El artículo constituye una excusa perfecta para hablar sobre la economía política del comercio internacional.

El presente artículo de The Economist habla de uno de los principales instrumentos de la política comercial internacional: los aranceles. En concreto, de la decisión de Mr. Bush, de marzo de 2002, de imponer un arancel sobre las importaciones de acero a Estados Unidos. La teoría clásica del comercio internacional afirma que todo tipo de obstáculos a la exportación son ineficientes económicamente, dado que disminuyen el excedente de los consumidores, que importarían dichos bienes, si no estuviesen gravados. Por lo tanto, el coste de esas medidas proteccionistas se traslada a los consumidores que han de pagar más por unos bienes que, de otra manera, resultarían más baratos. En efecto, como apunta el autor del artículo “incluso la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos, que recomendó los aranceles, reconoció que los mismos podían costarle a las empresas y a los trabajadores norteamericanos unos 680 millones de dólares. Los altos precios benefician a los productores de acero, pero perjudican a los consumidores del mismo, muchos de ellos empresas manufactureras luchando contra la competencia internacional (…) Mr. Haufbauer ha estimado que las empresas consumidoras de acero posiblemente hayan perdido entre 26.000 y 43.000 trabajadores, este año [2002], a causa de los arenceles”.

Sin embargo, el problema de la política comercial no es un problema únicamente de eficiencia económica. Se trata fundamentalmente de una cuestión política, o mejor dicho, de economía política. Repasemos brevemente la teoría del comercio internacional. Desde los tiempos del economista David Ricardo, se sabe que los países ganan si se especializan en producir y exportar aquellos bienes en los que poseen ventaja comparativa; es decir, aquellos productos que pueden producir con un menor coste de oportunidad en relación a otros países. Las fuentes de estas ventajas comparativas son muy diversas, pero la más importante es la dotación de factores productivos (tierra, trabajo y capital) que posee una economía determinada.

De esta afirmación nace el modelo de comercio internacional Heckscher-Olin (creado en la primera mitad del siglo XX por dos economistas suecos) que afirma que los países deben especializarse en producir aquellos bienes intensivos en el factor productivo que más abunda en una economía. De esta manera, países con grandes extensiones de tierra fértil, como Canadá, deben exportar alimentos; mientras que naciones con importantes dotaciones de trabajo, como China, sería recomendable que exportasen bienes intensivos en mano de obra poco cualificada (como el calzado, por ejemplo). Por último, países con abundancia de capital (capital humano, tecnología,…) deberían producir bienes intensivos en capital (ordenadores, superconductores,…)

El corolario del modelo Heckscher-Olin, se conoce como el “teorema Stolper-Samuelson” y viene a decir que el comercio internacional favorecerá a los dueños de factores productivos abundantes, mientras que perjudicará a aquellos que posean factores productivos escasos. Por ejemplo, en Estados Unidos los beneficiados por la apertura comercial serán aquellos que trabajen en o tengan acciones de empresas tecnológicas (intensivas en capital) mientras que los perjudicados por la misma serán los trabajadores y empresarios de firmas de productos intensivos en trabajo poco cualificado, como las dedicadas a la confección.

En resumen, el comercio internacional crea ganadores y perdedores y este es el punto clave para entender la economía política del comercio internacional. Normalmente, los empresarios que se ven afectados por la competencia internacional, se unen creando importantes grupos de presión que actúan para lograr que se impongan medidas proteccionistas que, en efecto, protejan a sus sectores.

En este sentido es en el que hay que entender el artículo cuando afirma: “si [Mr. Bush] elimina estos aranceles, es posible que pierda el apoyo [de los Estados productores de acero, como Virginia, Pennsylvania y Ohio] para la aprobación del Acuerdo de Libre Comercio de América Central en el Congreso”. El problema de los lobbies proteccionistas es que poseen un gran poder, ya que son grupos muy reducidos y con una gran capacidad de movilización. Su influencia no puede ser contrarrestada por grupos de presión aperturistas ya que, normalmente, los beneficios derivados del comercio internacional son más difusos, afectan a los consumidores en general, que los perjuicios, que por regla general inciden sobre grupos más bien determinados y reducidos. De esta manera, es mucho más fácil que se movilicen unas pocas empresas, que deben enfrentarse a la competencia internacional, que millones de consumidores escasamente organizados.

Otro de los problemas de la utilización de medidas proteccionistas es que perjudica a los países exportadores de esos productos, en el caso que nos ocupa a los productores extranjeros de acero. Por lo tanto, el país que impone barreras a las importaciones se arriesga a sufrir las represalias comerciales de los países afectados. En el caso del acero norteamericano, la Unión Europea realizó una lista de exportaciones estadounidenses, que ascendía a unos 2.2 millardos de dólares, de potenciales represalias. Dicha lista incluía las motocicletas Harley Davidson, productos textiles procedentes del sudeste de Estados Unidos, y los cítricos de Florida. “En resumen, esta lista está elaborada para maximizar el sufrimiento político de los republicanos en las elecciones de 2004”[1]. En efecto, como se puede leer en el artículo “más importante que los votos en el Congreso, no obstante, son los votos en las elecciones de 2004. La UE puede que no esté tras la familia Bush, ya que las sanciones propuestas parecen ser el intento de cambiar el cálculo electoral de los republicanos, poniendo en peligro puestos de trabajo y votos en estados de cambio como Carolina del Norte, Wisconsin o Florida”.

Sin embargo, estas represalias comerciales no podían ponerse en práctica hasta que la Organización Mundial del Comercio (OMC) decidiese que las medidas proteccionistas tomadas por Estados Unidos eran ilegales. Finalmente, en mayo de 2003, la OMC determinó que las salvaguardias impuestas por Estados Unidos sobre las importaciones de acero eran ilegales.


[1] Gary Hufbauer y Ben Goodrich, Next Move in Steel, International Policy Briefs, Institute for International Economics, October 2003, p. 5.